Corazón de tiza
A Pamela Castro, por aquella mariposa extraña.
Autor: Paul Asto Valdez
Sabes que lo bueno de buscarse líos, es que en tu vida habrá de todo, menos aburrimiento. Aunque esta tarde sombría, extraña, en donde los duchazos no sirven de nada, y tu delgado cuerpo yace tendido, desconsoladamente en la cama, siento como si estuviera al borde de una ventana, presenciando cómo le arrancan las alas a uno de esos angelitos de los que hablas, los que te entristecen cuando caen en ese infierno al cual tú perteneces, al cual me arrastraste.
Si no me sintiera de esta forma, quizás terminaría de leerte “Cartas a una señorita de París” y sé que soñarías con conejitos que yo vomitaría para ti, los que matarías para no morirte de hambre; pero ya es tarde y tendré que volver a mi vida y tú tendrás que caminar por las calles muy lejos de mí, entrando en tus descampados sin castillos medievales, sin neurosis, sin meleriles que traten de cuidar tu sueño, tu autoestima, tus miedos que están casi siempre vinculados a esa extraña mariposa con ojos de búho en sus alas; gordos, redondos, amarillos como lo es París en verano, como las naranjas podridas que te compré cuando te acercaste a mi carro y no te importó que sea un viejo calvo, con esos pequeños ojos de rata ocultos tras esos lentes de poto de botella. No, no te inmutaste cuando te pregunté en dónde vivías, si siempre parabas a esa hora y en esa avenida, ni mucho menos cuando te di ese billete de diez soles por esas naranjas. No, tan solo reíste con esos enormes dientes de conejo, mientras me decías que mañana me darías el vuelto.
Así fue cómo me convertí en el ser deplorable que alguna vez pensé que amaste, el viejo daltónico que nunca sabrá el color exacto de tu pobre ropa interior, el que siempre querrá llevarte, lo sabes; pero tus hermanitos, tu mamá en silla de ruedas, esas cojudeces por las que siempre te odiaré, por las que siempre te despreciaré, y no por ser pobre, ni por la miseria que solo se te va cuando te quitas toda la ropa, sino por tus vínculos, por no querer dejar de ser la pobre chiquilla que vende naranjas en una intersección de la avenida Aviación y que tiene que aguantar a todos los tipos que se le acercan, quizás al igual que yo, sin saber que tal vez le sonrías a otro como a mí; o si también le acabarás debiendo un vuelto que jamás devolverás, el cual me pagaste con la juventud de tu cuerpo.
Y mejor no pensar en las peleas por no encontrarte en la intersección en que quedamos; y tú que serenazgo me botó, que tu hermanito se sintió mal, y yo como un idiota buscándote por toda Aviación, preguntando a cualquiera que pudiera saber de ti. Y sé, no podrás negármelo, que ya todos andan murmurando de mí, del pobre viejo feo que te busca desesperadamente todas las tardes, y que se pone como loco cuando no te encuentra. Sí, estoy enfermo, lo sé, ¿pero cómo no estarlo? si por ti tomo esas pastillitas azules, las que tú crees mágicas porque me permiten amarte con la única forma en que puedo hacerlo.
Mientras tanto, tú me preguntas qué es esto, y yo que esto es el prepucio, y tus ojos miran inocentes y curiosos para intentar convencerme de que es la primera vez que lo preguntas, y yo odiándote porque presiento que no es verdad, aunque sé que lo es. Cómo me gustaría que tan solo quisieras mi dinero, algo; pero no, tú no quieres eso, y es justamente aquello lo que me asusta tanto y me tiene tan enfermo. Hasta he pensado que me gustaría vivir a tu lado, dejar a la menopáusica de mi mujer e irme contigo, claro, no sabes que estoy casado, ni que tengo dos hijas, más o menos de tu edad, pero creo que eso tampoco te importaría.
A veces he pensado en abandonarlo todo e irnos a París, sé que tiemblas cuando te hablo de esa ciudad en donde es tan fácil morirse de hambre y de amor a la misma vez. Irnos, empezar o, mejor dicho, terminar esta estúpida vida y dejarte lista para el hombre que no necesite de esas pastillitas y que no produzca ese extraño ruido cuando nos acostamos, ese ruido que me acompaña por el resto de la noche, haciéndose mas débil, por momentos más cercano, más fuerte, insoportable, creyéndote cerca, tan cerca como la muerte misma.
Claro que tú piensas más en eso que yo. ¿Qué dirían si supieran que este prestigioso abogado está con una chiquilla de diecisiete años? ¿Qué dirían mis amigos, mi círculo social? Y yo que no me importa, y tú que debería, y yo odiándote porque preferiría que fueras una puta cualquiera, y tú ofendiéndote, y yo pidiéndote perdón de rodillas, mientras beso tu vientre desnudo y lloro, lloro porque estoy a tu intemperie, como si hubiera saltado a un abismo sin fondo, y del cual no quisiera salir nunca más.
Sé que el silencio se parece mucho al olvido, pero no lo es; aunque algunas veces debería de serlo. Veo tu cuerpo dormido y sé que es lo más cercano a aquello; tu respiración profunda, tu corazón de tiza, tus manos aferrando las sábanas, quizá como sospechando que me gusta quitártelas cuando duermes. Sí, no hay duda, eres casi una niña, y amas como una niña y lloras como una niña y no sabes lo que quieres porque quizá no quieras nada, a excepción de este pobre viejo que te sigue mirando ya sin sábanas, desnuda, hermosa, y sintiendo sigilosamente por primera vez en la vida, lo que tal vez sean las esquirlas misma del amor.
Lima, Marzo, 2006

1 comentario
Cada vez que lo leo me gusta mas Wilmer
8 ago 2009 | 02:44 AM
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