Los cuentos de Borges en inglés
Tres ancianos y un hermeneuta tras dos manuscritos perdidos
La duda es uno de los
nombres de la inteligencia”. J.L. Borges

Las últimas subastas (dos entre noviembre del 2003 y mayo del 2004) de los manuscritos originales de las obras de Jorge Luis Borges estuvieron rodeadas por inesperados acontecimientos que aún -mejor aún, para el Borges que llevamos dentro- no se han esclarecido. La desaparición (o aparición) de dos manuscritos en inglés y la presencia de un grupo de compradores “misteriosos” crearon una entusiasta curiosidad en el hermeneuta Jules Macpherson y el total escepticismo de X (crítico argentino -no vale la pena nombrarlo- denigrador de la obra borgiana), quien afirmó que dichos sucesos formaban parte de una estrategia comercial creada para la subasta de tal envergadura.
La aparición de aquellos “misteriosos” compradores en la Feria Internacional del Libro de París fue detectada por Macpherson mientras dilucidaba una conferencia antecesora a la gran oferta de los originales de La biblioteca de Babel y Pierre Menard, autor del Quijote. Macpherson sintió la necesidad de concluir inmediatamente al sentir la incómoda (a la vez extraña e interesante) presencia de tres ancianos vestidos de esmoquin -bastón incluido- que poseían un extraño halo de ansiedad. Los ancianos, semejantes a juguetes creados en serie, estaban sentados en diferentes lugares (cabello cano, sombrero de copa alta, bigote bien cuidado) y parecían no soportar ni un minuto más la charla “Borges y el alter ego” del conferencista inglés.
En el inicio de la subasta, los tres ancianos sólo oían las ofertas de los compradores que ya ofrecían 300 mil dólares por La biblioteca de Babel, hasta que uno de ellos (el más próximo al podio) ofreció 350 mil. Inmediatamente, los otros dos se pusieron de pie y ofrecieron 50 mil y 50 mil más. El manuscrito lo compró el anciano de voz aguda, sentado al lado del coleccionista John Wronoski, dueño de los manuscritos.
Pierre Menard, autor del Quijote, fue adquirido por el anciano que levantaba el pequeño bastón cada vez que ofrecía algo más que sus adversarios. Macpherson trató de acercarse a uno de los millonarios con esmoquin, pero cada vez que lo intentaba sentía un fuerte rechazo por cualquiera de los tres. Cuando el martillero anunció la subasta de los manuscritos de los seis poemas gallegos de Federico García Lorca, los ancianos se pusieron de pie y desaparecieron inmediatamente. Casi sin dejar rastros. Macpherson preguntó a Wronoski sobre la identidad de aquellos compradores y éste respondió que no lo sabía. Wronoski sólo lo miraba como cuando se mira adentro de sí mismo y le preguntó al hermeneuta si había oído hablar de Behind the mirror o Daily labyrinth, dos libros por el que preguntó uno de los ancianos. Macpherson sólo abrió los ojos admirados por lo que oyó en ese momento. Sabía del mito de aquellos dos cuentos en inglés que Borges escribió en su juventud, pero en su momento adujo que sólo se trataba de alguna argucia, de un invento que algún estudioso mediocre crea para llamar la atención de la élite literaria. Sin embargo, el hermeneuta respondió al coleccionista que jamás los había oído nombrar.
Al día siguiente, casi de inmediato -sino en la mente misma- Macpherson decidió encerrarse en las bibliotecas de Europa, también viajó a Alejandría y escudriñó todo indicio que le hiciera llegar a Behind the mirror o Daily labyrinth. Se sintió como Borges y Bioy Casares en Tlön, Uqbar, Orbis Tertius mientras los argentinos buscaban alguna huella de Upbar… no encontró algo aproximado, ni pudo contactarse con aquel amigo de la universidad que le contó respecto a los cuentos por el cual preguntaron los tres “misteriosos” ancianos de esmoquin.
En la segunda subasta, realizada en la "Bloombsbury Sales Auction" de Londres, Macpherson -que mostraba indicios de intranquilidad y nerviosismo- pudo notar sólo la presencia del anciano que se sentó junto a Wronoski, el mismo que preguntó por los cuentos en inglés. Lo abordó de inmediato y le preguntó sobre aquellos cuentos que no lo dejaban dormir. El anciano, reclinando su magro cuerpo en el asiento y levantando levemente el ala del sombrero con su bastón, le pidió que lo dejara solo y que por favor no regresara.
Esta vez, el anciano no participó en ninguna de las ofertas. Macpherson dedujo que el extraño sólo esperaba la venta de aquellos cuentos en inglés, cuentos que nunca fueron nombrados por ninguno de los coleccionistas que conversaron con el hermeneuta, ya con signos visibles de entusiasmo convertido en somnolencia.
Al terminar la subasta, el dueño de la nueva colección borgiana, Massimo de Caro, se reunió con Macpherson -a pedido del hermeneuta- y ambos libraron una entrevista que duró muchas horas. Al finalizar la reunión, De Caro informó a Macpherson que un extraño anciano le preguntó por aquellos escritos y que jamás le dijo su nombre. La conversación fue vacua y no duró más de diez minutos.
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(Profesor Borges, ¿alguna vez usted ha escrito cuentos en inglés?
Sí, yo escribí algunos hace mucho tiempo pero actualmente siento -lo que también sentí entonces, pero yo era joven y atolondrado- siento demasiado respeto por el idioma inglés para intentar esa aventura.) Entrevista de la BBC en 1969.
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Para Macpherson hubiera sido más fácil atribuir la invención de aquellos manuscritos a un indiscriminado cobarde que no piensa en los neuróticos que pueden sufrir un trastorno emocional ante tal noticia. Pero no lo hizo. ¿Y si el anciano, o el grupo de ancianos, también hubieran sido engañados por el mismo cobarde? Macpherson ya estaba convencido o autosugestionado: los libros existen…

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