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La Coctelera

Casa de Asterión

Laberinto cultural de publicación imprecisa

Encuentro en La Mancha entre Alonso, Sancho, Sansón y Pierre Adán

Autor: Maynor Freyre
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Ya ha pasado por demás la medianoche en La Mancha, donde los eternos sanmarquinos Alonso y Sancho discuten con el bachiller de La Católica, Sansón, sobre la mejor manera de salvar a la patria. Alonso sueña con dejarse crecer la barba, subir al monte y demostrar que el poder no nace de otra cosa que del fusil. Sancho cree en el desarrollo social sostenido, en esperar el cambio de las condiciones objetivas y subjetivas necesarias para trasformar las estructuras. Sansón piensa en culturizar primero a los desposeídos, en alcanzar la era del conocimiento con el desarrollo de la sociedad de consumo dentro de un estado de derecho y en cuidar la borrachera de estos sus dilectos amigos, a los cuales teme cuando los estímulos espirituosos se les suben más de lo debido y empiezan a desvariar hasta cometer serios desatinos. Por lo pronto han empezado con aquello de: “Cuando querrá el Dios del cielo / que la tortilla se vuelva / que los pobres coman pan / y los ricos mierda mierda”, y sabe que van a proseguir con otras cancioncillas más de esas de la guerra civil española, las canciones de los derrotados, de los ilusos, de los quijotescos, ni más ni menos. Sospecha, además, de ese individuo estrafalario y sucio que los viene siguiendo y que atentamente escucha y apunta sus conversaciones. Entonces opta por emprender la retirada, pagando en forma anticipada el consumo y endilgándoles con astucia la idea de un perro muerto aventurero. Por eso es que salen galopando su jamelgo, Alonso, pacatán-pacatán, y Sancho trus-trus arreando a su asno, mientras él los sigue tranquilo con su rucio. Pero he ahí que se les atraviesa el mostruo de hierro al cual Alonso trata de domar por la cola y sus compañeros no tienen otra que seguirlo. Cu, cu, ña, ñam truena el monstruo sobre sus rieles y lanza por sus fauces un delicioso olor electrolítico. Sansón opta por enrumbar hacia Los Molinos de Pueblo Libre, pero como descubre colgado del trole al enigmático desarrapado, deciden con rapidez bajarse a la volada y encaminan sus pasos hacia Los Molinos. El bachiller los lleva rápido hacia un apartado cubierto por cortinas adonde llegan hipando y ahora se les da por el aguardiente de uva, el pisco, que cruza a Alonso y lo lanza contra las cortinas de Los Molinos en feroz pelea, pues ha avistado una sombra detrás de ellas. Sí, en efecto, el caballero del verde gabán está ahí. Sancho lo encara, Pierre Adán, se presenta, adulterando su nombre, cual falso inmortal de Borges. Mientras Sancho lo distrae, Sansón aprovecha para hurtarle al falsario su libretita de apuntes hecha de cajetillas de cigarrillos y la esconde dentro de su faltriquera. Pierre ayuda solícito a desanudarse a Alonso de las cortinas de Los Molinos. Pierre decide invitarlos a unas ventas cercanas, donde bellas hetairas –como es lógico– venden sus cuerpos y para regocijo de todos les muestra una bolsa llena de duros y perras gordas, ante cuya brillantez se deslumbran los aventureros. Alonso desea, previamente, serenatear a Dulcinea, cuya residencia está camino a las ventas y pasan para ello por donde su amigo el barbero, en busca de un palo trinador. En la barbería se están enjuagando el gaznate con una sidra de pésima catadura y cargan con la botella rumbo al castillo de Dulcinea, a liberarla –según Alonso– del ogro captor. Los caminos se entreveran y surgen por allí hombres de baja calaña a quienes Alonso recibe con euforia y quiere convencerlos para marchar al monte; pepeados como están, los fumones se hacen de la guitarra y de la sidra y nuestros aventureros deben huir a espetaperros, no quedándoles sino zamparse al aledaño Club Ínsula, donde justo unos vejetes y vejanconas realizan un recital. Sansón empuja a Sancho al escenario y le da la libretita de Pierre obligándole a leer: “Poesía no dice nada / poesía se está callada / escuchando su propia voz”. Es el texto con el que Pierre quiere rescribir la afamada novela tetra centenaria atribuida al Manco de Lepanto por equivocación. Y por equivocación colocan los laureles líricos a Sancho en Ínsula gracias a que acompañado de su fiel guitarra recitó aquel poema de Pierre Adán (¿alter ego del autor de este relato?). Y de allí, cómo no, rumbo a las ventas, para disfrutar con las cortesanas un buen yantar, del que bastante necesidad tiene nuestra embriagada gente. Y a danzar y a follar, a no ser que nuestro Alonso se le dé, como se le dio, por mandarse un furibundo discurso contra la burguesía y el capitalismo en pleno burdel. Mas la pragmática sapiencia de Sancho nos libra otra vez de entuertos, pues a la gorda le ha gustado el guatoncito y ella es nada menos que la mami del lugar. Y deja que Alonso entone eso de: “Para la noche buena / para la noche buena / de cada farol un cura / será colgado / será colgado. / Perdón si me he equivocado / perdón si me he equivocado / de cada farol diez curas / serán colgados / serán colgados”. Alguien arroja una sarta de cohetes y al alucinado le han dado una metralleta de plástico que lanza fuego mientras traquetea. Rampando por el suelo se desliza por toda la pista de baile y las putas aprovechan para cubrirlo con sus calzoncitos de colorinches. Abochornado por los frescos olores, quijotescamente se va quedando dormido mientras han sacado una frazada y los cafichos lanzan al aire el gordinflón cuerpo de Sancho. Entonces Pierre se desemboza del gabán verde olivo policial, hace sonar su pito y los gendarmes ingresan en mancha para cargar con los latosos rojimios. El bachillaer ha logrado sacar de su ensueño a Alonso, Sancho se ha liberado de los cafichos y la gorda mami los hace subir por una escalera de mano rumbo al techo, la cual levantan de inmediato y por las azoteas contiguas fugan de retorno a La Mancha. Antes de ingresar, unos pirañitas los pretenden atacar y huyendo entran por equivocación a La Catedral, bar contiguo de La Mancha. Ahí sigue sentado Zavalita, preguntándose : ¿En qué momento se jodió el Perú? No sabe que fue cuando su creador se lanzó para arreglar los entuertos nacionales, la vez que en la realidad lo derrotó el tramposo japonés. Ahí mismito se terminó de joder. Pero eso ya sucedería años después. Finalizaremos ingeniosamente con: “Tate quieto cacherito / que nadie levante el ala / porque este cuento a mi fe / no servirá para nada”. VALE.

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