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Laberinto cultural de publicación imprecisa

De repente Felipillo nos dicen...

Autor: El Capibara

Empieza con simples sucesos a los que les damos la mínima importancia. Cuando nos percatamos ya es demasiado tarde; pero nunca es pronto para darse cuenta. Viene tras de nosotros como lo más inevitable. De repente te llenas de recuerdos y crees que los crepúsculos de antes eran menos amarillos, y subes con apuro a tu dormitorio pero al llegar olvidas para qué fuiste, “eso pasa”, te dices; sin embargo, no fue la primera vez. La memoria se independiza e imagina sucesos paralelos a la realidad: distracción lo llaman algunos.
A Felipe Revueltas se le olvidó, una tarde, dónde puso el control remoto de la televisión. Su madre encontró dicho aparato en la nevera del refrigerador y los hermanos de Felipe encontraron en tal hecho un poderoso motivo para burlarse. A los dos meses, a Felipe le diagnosticaron Alzheimer cuando lo internaron en la Clínica Italiana. Felipillo se había extraviado una semana y lo hallaron sentado con signos de anemia en el Parque de la Reserva entre lecturas de periódicos pasados.
De repente la ropa que usas ya no tiene la marca por afuera y los colores son más serios e íntegros: rojo, negro, azul, todos ellos sin degradación o sin combinaciones de tres colores a más. Y el día oscurece con una neblina densa que parece colarse por las venas hasta el hipotálamo porque un niño en la calle te preguntó la hora llamándote: “Señor”.
Solemos decir que todo tiempo pasado fue mejor, es porque la memoria desarrolla una capacidad especial para recordar sucesos agradables mediante una selección exhaustiva. Y de repente entre amigos hablamos sobre los mejores momentos de nuestra vida, como aceptando que ya no tendremos otros. Algunos bajan la cabeza y prenden un cigarro, otros terminan el trago de sus vasos, se tocan el rostro y miran hacia arriba, como si el pasado estuviese compuesto por un éter tan volátil que parece no haber existido.
Fue un día como todos. Llegamos a casa, nos estiramos en el sofá, encendemos el televisor y recordamos que es sábado por la noche: nadie nos llamó a salir. Ya no adivinas o calculas la hora con facilidad, ya no te parece tarde y preguntas con frecuencia por el día, el año, ¿Quién eres tú, por qué me persigues? En realidad es jueves por al tarde y las probabilidades de que te llamen silbando desde la calle se perdieron hace mucho tiempo.
Ya no tienes ropa de deporte porque el simple hecho de levantarte de la cama te causa dolores lumbares. Cuando a Pablo Picasso le decían que era demasiado viejo para hacer algo, lo procuraba hacer enseguida. Pero no somos Picasso y además nunca entendimos lo que hizo ese malagueño. Y ya nadie se atreve a decirte que te cortes el cabello o que te rasures esa barba descuidada. El ropero tiene un orden que no te explicas, hay más camisas que polos y más pantalones de sastre que blue jeans. La música de moda es un asco y de repente los bailes actuales son muy escandalosos; las canciones que te gustan ya no las ponen en las radios y en casa nadie te da la razón.
Sucede que sientes la saliva más amarga, el cabello más duro y las manos más lerdas. Entre tus cosas aparecen medicinas de denominación indescifrable y de tu bolsillo salen mariposas amarillas -según dijo la tía de Felipe que leyó cien veces “Cien años de soledad”-, pero en realidad son polillas que justifican el olor a naftalina mezclada con colonia de baño. Si fumas ya no piensas en si tendrás cáncer o que sufrirás insomnio si tomas café cargado con Coca Cola. Sueles dormirte en la sala de espera. Sientes demasiado frío o calor o, en fin, ya no sientes nada de eso y subes al edificio más alto para sentir el vértigo que no hallas en las acciones cotidianas.
Ya no bajas las escaleras de dos en dos, doblas las rodillas para recoger algo y temes tronarte los dedos o el cuello porque las articulaciones parecen quebrarse. Y sin darte cuenta tu DNI tiene más de ocho hologramas y puedes afirmar que los últimos presidentes han sido una mierda. Piensas con más frecuencia en el suicidio y la eutanasia pasa a ser un tema más en las conversaciones de la familia que calla cuando pasas por la sala, donde todos se reúnen, menos tú que andas buscando un sombrero que se te dio por usarlo.
“Somos tan jóvenes como nos sentimos”, dice un idiota en la televisión para vender un instrumento de gimnasio (Somos tan viejos como lo estamos, como a veces no lo sentimos, pero lo estamos). Estás frente al espejo, te ves por media hora, una hora y con las palmas estiras hacia atrás el rostro que parece despegarse de los huesos. Ya sabes lo que tendrás que hacer determinado día a determinada hora porque alguien te lo dejó pegado en la puerta del refrigerador, como a Felipe Revueltas que sigue olvidando el control remoto en la nevera y quiere cambiar de canal con un pedazo de pastel de chocolate.
Hace mucho que para celebrar el día de la madre ibas a despertarla con un beso en la frente. Ella vive lejos -ya no vive-, te reúnes con tus hermanos que tienen prisa, todos ya formaron una familia y el apellido paterno se ha extendido por todo el territorio. Empiezas a tratar de usted a todos tus frecuentados, los nombres de tus conocidos empiezan a repetirse: conoces a diez de nombre María, ocho de Juan, trece de Carlos, siete de Pedro y otros nombres que ya no recuerdas sino cuando alguien en la calle ilumina su rostro porque te vio, te llamó por un apodo que no recordabas y se lanzó a darte un abrazo que no sentías hace mucho tiempo. Tú desataste una sonrisa que tenías amarrada en el subconsciente.
De repente empiezan a cederte el asiento en los micros, a sentarte a la cabeza de la mesa y piden tu opinión sobre algunos asuntos de la casa o sobre cosas que dejaron de importarte. En Navidad te visten de Papá Noel y los niños prefieren jugar contigo porque tienes todo el tiempo para jugar Monopolio hasta terminar en la cárcel por deudas y estafas. Y todos quieren tomarse una foto a tu lado como si fuese la última oportunidad, pero tú ya empiezas a odiar que te enfoquen con las cámaras, te sientes un objeto de museo y luego quieres que nadie te vea, no quieres salir, no quieres ver a nadie, y los niños ya no quieren jugar contigo porque temen a que los estrangules. En la esquina empiezan a crear mitos sobre ti, como a Felipe Revueltas, de quien se dicen que tuvo Alzheimer a los veinte años y ahora lo cuidan como si fuese mongolito.
Ya no vas a tonos, piyamadas o fogatas, sino a bautizos, confirmaciones y matrimonios; ayer al entierro de un amigo, el único que te llamaba en cada cumpleaños. Y cuando caminas por los parques piensas en que debiste tener hijos, o en que no debiste tenerlos; mejor escribir un libro, quizás hubiese vivido de eso; tal vez hubiese mandado al mismo demonio a todos mis profesores de la universidad, tal vez hubiese fomentado una revolución que cambie este país o tal vez me hubiese dedicado a la música, obviando el deseo de mis padres que sólo buscaron mi estabilidad económica y vivir cantando por el mundo sin un solo centavo en el bolsillo. No sé. Pero si te das cuenta, quien te acompaña a los parques es una enfermera joven de rostro amable que trata como a niño de veinte años que se muere por regresar a casa para ver televisión. “Felipillo”, te dice.

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