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Laberinto cultural de publicación imprecisa

Charlot y el silencio imperceptible

Autor: Jaimejosué


Día Domingo. Mis tres sobrinos -de nueve, diez y catorce años-, me invitaron a ver una película. Como es lógico, los menores querían ver “La era del hielo II” o repetir por enésima vez las memorables escenas del ogro Shrek y su amigo el burro. El que tenía catorce años -influido por un tío cinéfilo- quería ver las escenas de “Star Wars (Episodio III)”, o alguna película de Quentin Tarantino, cualquiera, no importa. Yo estaba de acuerdo con el mayor, pero no quería dejar de lado a mis sobrinos menores que sólo querían reír en compañía de un tío que pocas veces los visita. En mi condición de poseer la última palabra propuse ver “El Circo” de Charles Chaplin, pese a la frente fruncida de mi sobrino mayor y a la inquieta pregunta de los menores: “¿Es chévere?”. Sí, les dije.

Después de ver “El Circo” (1928) me quedé con la nostalgia por algo que jamás viví. Me refiero al cine de hace 80 años, cuando el séptimo arte hacía brotar en el público las más profundas emociones con la sola proyección de imagen sin sonido. Y nostalgia por imaginar aquella época en donde los hermanos Lumiere experimentaban con pequeñas escenas tan magníficas como La llegada de un tren…

De padre alcohólico y madre con problemas psiquiátricos, huérfano y artista callejero. Charles Chaplin no sólo es admirado por la magnífica capacidad para hacernos reír, sino por hacer mucho con tan poco. Aquellas escenas perfectamente (neuróticamente) elaboradas reflejan el delicado trabajo que realizó un actor-guionista-productor-tramoyista-camarógrafo-editor-compositor musical que no hallaba la escena perfecta porque siempre se podía hacer mejor, y en su caso siempre se pudo. El buen trabajo de Chaplin no nos deja pensar en qué pasaría si sus principales películas tendrían el audio de ahora. ¿Se imaginan a Charlot hablando?

En “El Circo”, jamás oímos la voz del vagabundo, de la bella amazona ni del malvado cirquero; sin embargo, al término de la película nos queda la sensación de que esos personajes sí tenían voz, y bien escogidas. Hasta “recordamos” que el público reía y que el policía le gritaba “deténgase, deténgase” al vagabundo que termina de ayudante en la enorme carpa de diversiones.

Chaplin de muestra que cuando el humor se hace con ingenio, perdura para siempre. Por ejemplo: mis sobrinos, hijos de la tecnología creadora de los mejores personajes animados, no paraban de reír a carcajadas por las falsas acrobacias que realizaba ese vagabundo (del bigotito -que Hitler imitó-, pantalones anchos, sombrero, bastón y zapatos grandes) en la cuerda floja.

El cine mudo permitía la exhibición de un lenguaje basado en movimientos corporales por parte de los actores, pero hay quienes aducen que aquellos personajes no se esforzaban demasiado ya que la actuación verdadera exigía mucho más, como la coordinación de voz y cuerpo; ésa fue la discusión de entonces. Ese debate se parodia con genialidad en “Cantando bajo la lluvia”, donde Gene Kelly interpreta a un actor de cine mudo, forzado a estudiar las nuevas técnicas de actuación, debido a la innovación en el cine que presentaba una cosa increíble: ¡¡Los actores hablan!!

Después de “El cantante de Jazz” (primera película hablada) los films sufrieron un cambio radical y la industria del cine creció de forma vertiginosa. Sin embargo, Chaplin se mantuvo reacio al nuevo cine, ya que el sonido perjudicaría el lenguaje netamente cinematográfico en sus películas. El tiempo le dio la razón.

Sin la introducción de sonido por los estudios Warner, tal vez ahora no disfrutaríamos tanto de la banda sonora de “Star Wars”, tampoco imitaríamos tantas veces la voz de Don Corleone en “El Padrino” y no nos hubiésemos sentido tan cerca de la guerra como en “Rescatando al soldado Ryan”. Y Woody Allen no haría gala de sus fluidos e ingeniosos diálogos que, por maneras obvias, no hubiesen sido reemplazados con facilidad por un conjunto de gestos, por más que vinieran de los mejores actores de la época pasada.

Hace poco me enteré que unos admiradores trabajan para darle color y voz a las películas más antiguas de Chaplin, lo cual me produjo una desazón, pues no quiero pensar en un Chaplin con voz, con artificiales ruidos de golpes y menos con el fondo de carcajadas grabadas (aquellas que indican en qué momento reír). Charlot debe quedarse mudo porque Chaplin así lo quiso, porque de esa manera nos brinda más espacio para propagar nuestras risas en la atmósfera cinematográfica.

Día lunes. Mis sobrinos me han encomendado alquilar todas las películas de Chaplin. Los sucesos extra cinematográficos que sucedieron en la vida de aquel artista (fue acusado de pedófilo) no son de gran importancia. Por ahora sólo me queda reír y visitar con más frecuencia a mis sobrinos. Hoy nos toca ver “El dictador” y “La quimera de oro”. El mayor de mis sobrinos fue quien las escogió.

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