Publicidad:
La Coctelera

Casa de Asterión

Laberinto cultural de publicación imprecisa

Categoría: cuentos

La ley del barrio

Autor: Ronald Santos

Tantas veces entre fuego cruzado. Las chipas del sable de latón oxidado iluminan la pista ya casi sin asfalto, esta pista con los bordes cubiertos de arena, la misma que siempre he pisado, que ahora defiendo, porque aquí nací y nadie vendrá a tomarla, ni a posarse sobre ella. Es lo único que nos queda. Tantas veces los proyectiles rozándome las orejas, peinándome, despeinándome, rompiendo cráneos al adversario y la punta, escondida en mis pantalones anchos, la técnica de guerreo, no cansarse, amilanar al adversario con gritos, ¡mierda!, correr con los brazos abiertos invitando al cuerpo a cuerpo y luego correr, a salvar el pellejo, la cabeza, el honor, las zapatillas, huir de los tombos, los serenos, nos toca correr, trepar, rogar, luchar, las gentes paradas en esquinas, en puertas, ocultas con miedo, pero los más viejos nos desafían, ésos, los antiguos, uno de ellos era pata, pero ahora tiene su calato, tiene que robar para alimentarlo, tiene cortes y tatuajes, lo cagaron en el ejército, pero siempre nos saluda, es pata, no como otros, que no comprenden lo que hacemos, esos huevones no son de acá, vienen por nuestras hembritas, a chupar en nuestros parques, orinan en nuestras puertas, se meten bates, cagan el barrio y los tíos, las viejas llaman a los tombos, a los serenos, la vez pasada cogieron al boggie y carnero, los cagaron, ahora “boggie” no camina por la pierna partida, tendones, dice su vieja, “carnero” ‘ta peor casi lo violan, no los tombos, los viejos, los apretones, ‘ta caga’o, su viejo no lo deja salir, pero siempre hay bajas, igual somos guerreros, nacimos para el campo, para correr, no nos importa nuestra vida, es como la patria, acá ya no hay diferencias, somos un grupo, hermanos, una pandilla, eso somos, una pandilla, tenemos los mismos intereses, los mismos gustos, la misma edad, vamos al colegio y aunque no sé mucho de química, la profe’ me aprobará, le caigo bien, porque trato bien a su hija, si p’es la chibola, la ñaña le dicen, linda la cojuda, su cuerpito formadito, sonríe lindo y yo la quiero mucho, sí que la quiero, pero cuando la veo se me remueve todo y no le hablo mucho, pero la chibola está en otra, sale con otros amigos, media sobrada es, pero yo la trato bien, cuando la joden en el barrio yo salto, la gente ya sabe, me respetan y a ella también, pero esos conchas sus madres no, ellos la joden y cagaron a la chibola, el Pacay fue, ese huevón la afanó bien, pero es un hijo de puta, todo porque su viejo tiene plata, viene al barrio, levanta flacas para la disco, las huevas, pero se metió con la ñaña, se metió con Isabel, por eso no me importa, por eso quiero el arma, por eso se cagó ese huevón, porque la dejó en bola y el marica se escapó, la cagó a la chibola, tiene 15 años, la cagó a mi profesora, me cagó y ahora ya lo encontré y si no me das la pistola yo con mis patas te cagamos el puesto tío, dámela carajo o te coso viejo huevón.

Tantas veces bajo fuego cruzado, pero sólo eran piedras lanzadas por un arma humana, ahora estás caga’o Pacay, reza pendejo, que te vas quedar sin huevos... Y ahora sin manos… Y ahora…

compártelo Categorías: cuentos

Corazón de tiza

A Pamela Castro, por aquella mariposa extraña.

Autor: Paul Asto Valdez

Sabes que lo bueno de buscarse líos, es que en tu vida habrá de todo, menos aburrimiento. Aunque esta tarde sombría, extraña, en donde los duchazos no sirven de nada, y tu delgado cuerpo yace tendido, desconsoladamente en la cama, siento como si estuviera al borde de una ventana, presenciando cómo le arrancan las alas a uno de esos angelitos de los que hablas, los que te entristecen cuando caen en ese infierno al cual tú perteneces, al cual me arrastraste.
Si no me sintiera de esta forma, quizás terminaría de leerte “Cartas a una señorita de París” y sé que soñarías con conejitos que yo vomitaría para ti, los que matarías para no morirte de hambre; pero ya es tarde y tendré que volver a mi vida y tú tendrás que caminar por las calles muy lejos de mí, entrando en tus descampados sin castillos medievales, sin neurosis, sin meleriles que traten de cuidar tu sueño, tu autoestima, tus miedos que están casi siempre vinculados a esa extraña mariposa con ojos de búho en sus alas; gordos, redondos, amarillos como lo es París en verano, como las naranjas podridas que te compré cuando te acercaste a mi carro y no te importó que sea un viejo calvo, con esos pequeños ojos de rata ocultos tras esos lentes de poto de botella. No, no te inmutaste cuando te pregunté en dónde vivías, si siempre parabas a esa hora y en esa avenida, ni mucho menos cuando te di ese billete de diez soles por esas naranjas. No, tan solo reíste con esos enormes dientes de conejo, mientras me decías que mañana me darías el vuelto.
Así fue cómo me convertí en el ser deplorable que alguna vez pensé que amaste, el viejo daltónico que nunca sabrá el color exacto de tu pobre ropa interior, el que siempre querrá llevarte, lo sabes; pero tus hermanitos, tu mamá en silla de ruedas, esas cojudeces por las que siempre te odiaré, por las que siempre te despreciaré, y no por ser pobre, ni por la miseria que solo se te va cuando te quitas toda la ropa, sino por tus vínculos, por no querer dejar de ser la pobre chiquilla que vende naranjas en una intersección de la avenida Aviación y que tiene que aguantar a todos los tipos que se le acercan, quizás al igual que yo, sin saber que tal vez le sonrías a otro como a mí; o si también le acabarás debiendo un vuelto que jamás devolverás, el cual me pagaste con la juventud de tu cuerpo.
Y mejor no pensar en las peleas por no encontrarte en la intersección en que quedamos; y tú que serenazgo me botó, que tu hermanito se sintió mal, y yo como un idiota buscándote por toda Aviación, preguntando a cualquiera que pudiera saber de ti. Y sé, no podrás negármelo, que ya todos andan murmurando de mí, del pobre viejo feo que te busca desesperadamente todas las tardes, y que se pone como loco cuando no te encuentra. Sí, estoy enfermo, lo sé, ¿pero cómo no estarlo? si por ti tomo esas pastillitas azules, las que tú crees mágicas porque me permiten amarte con la única forma en que puedo hacerlo.
Mientras tanto, tú me preguntas qué es esto, y yo que esto es el prepucio, y tus ojos miran inocentes y curiosos para intentar convencerme de que es la primera vez que lo preguntas, y yo odiándote porque presiento que no es verdad, aunque sé que lo es. Cómo me gustaría que tan solo quisieras mi dinero, algo; pero no, tú no quieres eso, y es justamente aquello lo que me asusta tanto y me tiene tan enfermo. Hasta he pensado que me gustaría vivir a tu lado, dejar a la menopáusica de mi mujer e irme contigo, claro, no sabes que estoy casado, ni que tengo dos hijas, más o menos de tu edad, pero creo que eso tampoco te importaría.
A veces he pensado en abandonarlo todo e irnos a París, sé que tiemblas cuando te hablo de esa ciudad en donde es tan fácil morirse de hambre y de amor a la misma vez. Irnos, empezar o, mejor dicho, terminar esta estúpida vida y dejarte lista para el hombre que no necesite de esas pastillitas y que no produzca ese extraño ruido cuando nos acostamos, ese ruido que me acompaña por el resto de la noche, haciéndose mas débil, por momentos más cercano, más fuerte, insoportable, creyéndote cerca, tan cerca como la muerte misma.
Claro que tú piensas más en eso que yo. ¿Qué dirían si supieran que este prestigioso abogado está con una chiquilla de diecisiete años? ¿Qué dirían mis amigos, mi círculo social? Y yo que no me importa, y tú que debería, y yo odiándote porque preferiría que fueras una puta cualquiera, y tú ofendiéndote, y yo pidiéndote perdón de rodillas, mientras beso tu vientre desnudo y lloro, lloro porque estoy a tu intemperie, como si hubiera saltado a un abismo sin fondo, y del cual no quisiera salir nunca más.
Sé que el silencio se parece mucho al olvido, pero no lo es; aunque algunas veces debería de serlo. Veo tu cuerpo dormido y sé que es lo más cercano a aquello; tu respiración profunda, tu corazón de tiza, tus manos aferrando las sábanas, quizá como sospechando que me gusta quitártelas cuando duermes. Sí, no hay duda, eres casi una niña, y amas como una niña y lloras como una niña y no sabes lo que quieres porque quizá no quieras nada, a excepción de este pobre viejo que te sigue mirando ya sin sábanas, desnuda, hermosa, y sintiendo sigilosamente por primera vez en la vida, lo que tal vez sean las esquirlas misma del amor.

Lima, Marzo, 2006

compártelo Categorías: cuentos

Sopita y Panterita


Autor: Danilo Riveros Tolentino

...La medianoche de sus 92 años desenfundó su lengua de esa vieja cartuchera sin dientes y castigó al amor. Con la cabeza sepultada donde no llegan las sombras, lloró con un niño, abrazado a esas dos maderos pulidos, curvados, vaporosos...

“Paloma” de los viernes, estudiante de secretariado, camuflaje para escapar de los serenos que se lo hacían sin contratiempos en el camión de capturas. Había convertido su cuerpo en una escultura, negada al frío y al calor, a salvo del retortijones del placer. Un cuerpo de madera, de metal, de cartón o de carbón, una negra esculpida a punta de lengüetazos.

Fueron dos pastillas de 100 miligramos, y su animal jubilado no despertó, pero su lengua se zamarreaba como pez que se asfixia.

Saquito rojo mini negra, maletín y lonchera, cinco soles en la cartera y 17 años a cuestas; quiso estudiar la tarde que se hizo puta. La esperanza de una familia de forajidos de Breña... Ay Martha, Margot, Paloma, negada al placer como quien hace dieta. Mi cuerpo no está hecho de metal, de metal, de metal (un grito y otro, y otro y otro)...

Prostatitis, cálculos, incontinencia, artrosis, sordera y un aliento a herida supurante, pero ese cuerpo de víbora que atacaba desde sus encías desdentadas, era obra del demonio. Soy obra del demonio. Eres obra del demonio, papi, (un grito, y otro y otro y otro).

Esa faldita negra, naciste pendeja, esa blusita, la tetas, el culo, naciste pendeja. Estudiante de secretariado, qué rica fantasía, tan inocente, con tus pilimilis en la cabeza, qué rica colita, calzoncito de ositos... Si no te hubieran tomado a la fuerza, no tendrías el corazón duro como el carbón.

Mi ceviche, mis conchitas, mi leche de tigre, mi caldito de choros, mi negrita, Paloma, Paloma, Paloma (un grito y otro y otro y otro)

Reclutada por la “Sirenitas”, a 3 soles por baile y 2 por trago. 30 soles para la casa. Qué ejemplo, estudiante de secretariado y anfitriona de casino, para justificar las madrugadas. “Trabajo y estudio mamá”. Qué ejemplo Martha, Margot, Paloma. Qué ejemplo mami, de rodillas a las 2 de la madrugada empuñando tu vergüenza, ahogándote, tosiendo, lamiendo el humo de tu carne de carbón, mi Panterita.

Grita, lo jala, lo empuja, se retuerce, le aprieta la pelada. El no desentierra la cabeza, piensa en su licuado de ranas, “¿Le sirvo otra más don “Sopita”?” 92 años carajo. Qué rico papi, y no finge Paloma. Una lágrima, y otra y otra y otra. Mi cuerpo no está hecho de metal, ni de cartón ni de madera... Qué rico papi (suena la música lejos).

Como en neblinas veías la noche que te vejaron, cara y sello, como dice la Susy Díaz, todo te hicieron, por eso te hiciste de madera, de metal, de cartón y de carbón, ¿no negra? Por eso te gustaba tanto esa canción. Por eso la bailabas con tanta tristeza, con tu cuerpo de luto, abrazada a la barra, con ese culo tan redondo, ¡la mejor estriptisera de la Sirenitas carajo!.

Cesan los gritos, se ahoga Paloma, solloza Sopita. Lloran, tiemblan, se abrazan, se entrepiernan, se protegen, ella briosa como un corcel y él con el cuerpo hecho costras. (suena la música lejos)...

Después te emborrachabas y lo hacías gratis en el oscurito, por eso te botaron de la Sirenitas y volviste a las calles, con tu mini negra y el saquito rojo, estudiante de secretariado, ja ja ja, pobre puta, te correteaban los serenos, te lo hacían de pie, te quitaban tu plata, te reventaban a golpes los abusivos.

Pero ya pasó, shushushu, golpecito en la cabeza, shushushu (despacito) ya pasó, ya pasó, shushushu, susurra Sopita con su aliento gangrenado.

Despierta, se levanta, deja su vaso, empuña las manos a la altura de la panza, rechinan sus rodillas, la acaricia con su miopía, Paloma abraza la barra (mi cuerpo no está hecho de metal, mi cuerpo no está hecho de madera), se clavan las miradas, ella le baila, él la adora; la afición, mil ojos lilas en las penumbras, entre el humo y el jugo de olores, ya advirtió el romance, aplauden, aúllan, celebran con cerveza la estocada de don Sopita, que tal lengua de este viejo venenoso, que buen verso trae su “sin hueso”.

92 años carajo, le surca una lagrima, y otra y otra, le piden que se siente, se resiste, rechinan sus rodillas, baila Sopita; siéntate viejo de mierda, los mozos lo toman del pescuezo, 92 años carajo, y me vengo a enamorar de un puta, puta, puta, putaaaaaaaaaaaa tu mare. Lo lanzan a la calle. ¿Es el fin? Vuelve la cara, está lloviznando, se sacude el barro, se incorpora y como en una novela de Kafka dobla la esquina.

Ay Margot, Martha, Paloma, cubres tu desnudes con tus dedos de chocolate, has corrido a ponerte la ropa, la sangre ha llenado nuevamente el pozo seco de tu corazón de carbón, y se rebalsa, abrazas el pañuelo de tu cintura, corres tras el viejo Sopita, que te lamió con una ternura que desgastó el cascarón de metal que te recubría, Corre Panterita, corre por el viejo fantasma que acaso nunca volverás a ver.

compártelo Categorías: cuentos

Orquídeas marchitas

Autor: Gabriel Rimachi

El amor nace no sé cuándo;
Crece no sé dónde;
Y duele...no sé por qué."


Lima, invierno del 2002

No importaba nada más. ¿Sabes? Ayer estuve pensando en todas las tardes que pasamos juntos, en los árboles donde grabaste mi nombre, pero de nada valió. La música que no quiero oír, las calles por donde no quiero andar, son cosas de todos los días. Una de estas tardes te llamaré. No deberías estar preocupado. Muchas veces he pensado en que las cosas siempre suceden por algo. Tal vez por eso es que hoy te escribo estas líneas. Desde tu oficina, con ese ventanal que da aquellos enormes jardines, sentirás que la vida es más bonita, solo y lejano. El brillo del sol a veces engaña.
Mientras tanto estoy aquí, sintiendo que te pierdo definitivamente, y que nada de lo que haga puede hacer que regreses. Creo que es lo mejor. No volvería contigo después de lo de ayer. No. Aún no comprendo cómo después de tantos años juntos, de haber vivido tantas cosas, pudiste haberme dejado de la manera en que lo hiciste, sin que nada te importara. Nada, excepto tu libertad y el haberte dado cuenta según tú- de que lo nuestro no daba para más.
He llorado todos estos días sin que nadie se dé cuenta. Mis amigas creen que estoy resfriada, tengo los ojos hinchados y la nariz roja. Me veo fea, lo sé, pero eso no importa, en realidad me veo triste. Mi mamá me lo dijo esta mañana. Me preguntó si habíamos peleado y le conté que sí, que me dejaste porque estabas cansado de mí y mis tonterías, de que te celaba mucho, pero eso no es cierto, siempre hiciste lo que querías y yo te perdoné muchas cosas feas. Las veces que te fuiste sin decirme nada, las tardes que te esperé como una idiota sentada en el parque, mientras todas las parejas entraban al cine o caminaban despacito y tú, tú nunca llegabas. Mucho trabajo ¿no?, si pues, mucho trabajo. Ahora tienes todo el tiempo libre para trabajar, pero seguro que lo pasarás con tus amigos, lo sé porque ayer en la mañana me contaron que te vieron en el bar del centro bebiendo como un loco, gritando que celebrabas tu libertad. Nunca me quise drogar contigo ¿Es eso malo? ¿Acaso me dejaste de querer por eso? No me gustan esas cosas, pero jamás te pedí que no lo hicieras. Pensé que si no te decía nada dejarías de hacerlo por no hacerme sentir mal. No soy una cucufata, lo sabes, siempre hemos hecho el amor como unos locos, y siempre te he deseado con la misma intensidad de la primera vez, cuando, burro tu, creíste que no dolía nada. Pero si dolió. Y no sé por qué te escribo esto. Tal vez sea un descargo de mi conciencia o de mis sentimientos. Un desahogo que me haga sentir mejor, que me permita gozar del sol como lo haces tú ahora, pero es difícil. Muy difícil. Te extraño muchísimo y estoy confundida. No sé si es la costumbre o el amor, pero cuando llega la tarde espero que aparezcas por esa maldita puerta y me abraces fuerte, y tomemos lonche. Pero ya no es posible. ¿Cuándo fue la última vez que viajaste? Ya recordé: hace dos meses. Mensajitos en el mail que no decían nada. ¿Cómo crees que me siento? Luego llegas, nos vemos cada semana menos y después desapareces. Ya no te quiero, dijiste. Ya no te quiero. Y yo, ¿qué hago con esto que tengo dentro? Se te pasará. ¿Fácil, no? Y los días vuelan, pero tu no das noticias. Ayer te llamé a la oficina en la mañana. Dijiste ¡Aló! ¡Aló!, varias veces. Te habrás dado cuenta que era yo, luego colgaste. Quise contarte muchas cosas, pero no me atreví. Me trataste tan mal la última vez que aún siento aquí dentro cómo se retuerce algo que sé ya no existe. No sé dónde quedó mi amor por ti, mis ganas de sentirte; no sé si odiarte o cómo olvidarte. Apareces en mis sueños como un fantasma que pasa riendo, burlándose de esta tonta sentada en una banca. Como la canción ¿recuerdas? Ya no quiero saber más de ti. Es más, ya ni siquiera deseo escribirte, pero estas líneas tienes que leerlas, serán las últimas, lo sé. Y sabes que no miento. No te buscaré más. Ayer mamá me vio tan desolada que no tuve más remedio que contarle. Tampoco quiere volverte a ver. Mi papá mucho menos. Ya no serás mi pareja de prom. iré sola, o tal vez no vaya (no te molestes). Ya no necesitarás gastar en la orquídea que vimos en la tienda. Ya no me importa. Me dolió mucho, sabes, como nunca antes. Un dolor distinto, más grave.
Las clases acabarán en dos semanas. Espero viajar donde mi abuela, allí no estuvimos nunca (menos mal, no soportaría aceptar que llenaste todos mis espacios). En verano las cosas se ven mejor, iré más seguido a la playa, tendré muchos amigos y nadaré bastante, hasta cansarme y dormir. Dormir mucho oyendo al mar. Nunca te gustó la playa. Eres alérgico al sol.
¿Por qué te quise tanto? Cuatro años. Cuatro años de mi vida los pasé contigo y me dejaste como a una perra. Creo que sí te odio. ¿Por qué lo hiciste? ¿Acaso te enamoraste de alguna de tu oficina? ¿De tu secretaria? ¿De tu jefa? Ya no me importa. Inventaré tu respuesta. No será difícil. Mientras tanto caminaré más, hasta borrar tu último beso de mis labios, tu último calor. Desde ayer no soy la misma. Caminaré a dejarte esta carta en la recepción de tu trabajo. Y volveré a casa. Con mi dolor a cuestas. Y el vientre vacío.

A quien corresponda...

compártelo Categorías: cuentos

Encuentro en La Mancha entre Alonso, Sancho, Sansón y Pierre Adán

Autor: Maynor Freyre
.
Ya ha pasado por demás la medianoche en La Mancha, donde los eternos sanmarquinos Alonso y Sancho discuten con el bachiller de La Católica, Sansón, sobre la mejor manera de salvar a la patria. Alonso sueña con dejarse crecer la barba, subir al monte y demostrar que el poder no nace de otra cosa que del fusil. Sancho cree en el desarrollo social sostenido, en esperar el cambio de las condiciones objetivas y subjetivas necesarias para trasformar las estructuras. Sansón piensa en culturizar primero a los desposeídos, en alcanzar la era del conocimiento con el desarrollo de la sociedad de consumo dentro de un estado de derecho y en cuidar la borrachera de estos sus dilectos amigos, a los cuales teme cuando los estímulos espirituosos se les suben más de lo debido y empiezan a desvariar hasta cometer serios desatinos. Por lo pronto han empezado con aquello de: “Cuando querrá el Dios del cielo / que la tortilla se vuelva / que los pobres coman pan / y los ricos mierda mierda”, y sabe que van a proseguir con otras cancioncillas más de esas de la guerra civil española, las canciones de los derrotados, de los ilusos, de los quijotescos, ni más ni menos. Sospecha, además, de ese individuo estrafalario y sucio que los viene siguiendo y que atentamente escucha y apunta sus conversaciones. Entonces opta por emprender la retirada, pagando en forma anticipada el consumo y endilgándoles con astucia la idea de un perro muerto aventurero. Por eso es que salen galopando su jamelgo, Alonso, pacatán-pacatán, y Sancho trus-trus arreando a su asno, mientras él los sigue tranquilo con su rucio. Pero he ahí que se les atraviesa el mostruo de hierro al cual Alonso trata de domar por la cola y sus compañeros no tienen otra que seguirlo. Cu, cu, ña, ñam truena el monstruo sobre sus rieles y lanza por sus fauces un delicioso olor electrolítico. Sansón opta por enrumbar hacia Los Molinos de Pueblo Libre, pero como descubre colgado del trole al enigmático desarrapado, deciden con rapidez bajarse a la volada y encaminan sus pasos hacia Los Molinos. El bachiller los lleva rápido hacia un apartado cubierto por cortinas adonde llegan hipando y ahora se les da por el aguardiente de uva, el pisco, que cruza a Alonso y lo lanza contra las cortinas de Los Molinos en feroz pelea, pues ha avistado una sombra detrás de ellas. Sí, en efecto, el caballero del verde gabán está ahí. Sancho lo encara, Pierre Adán, se presenta, adulterando su nombre, cual falso inmortal de Borges. Mientras Sancho lo distrae, Sansón aprovecha para hurtarle al falsario su libretita de apuntes hecha de cajetillas de cigarrillos y la esconde dentro de su faltriquera. Pierre ayuda solícito a desanudarse a Alonso de las cortinas de Los Molinos. Pierre decide invitarlos a unas ventas cercanas, donde bellas hetairas –como es lógico– venden sus cuerpos y para regocijo de todos les muestra una bolsa llena de duros y perras gordas, ante cuya brillantez se deslumbran los aventureros. Alonso desea, previamente, serenatear a Dulcinea, cuya residencia está camino a las ventas y pasan para ello por donde su amigo el barbero, en busca de un palo trinador. En la barbería se están enjuagando el gaznate con una sidra de pésima catadura y cargan con la botella rumbo al castillo de Dulcinea, a liberarla –según Alonso– del ogro captor. Los caminos se entreveran y surgen por allí hombres de baja calaña a quienes Alonso recibe con euforia y quiere convencerlos para marchar al monte; pepeados como están, los fumones se hacen de la guitarra y de la sidra y nuestros aventureros deben huir a espetaperros, no quedándoles sino zamparse al aledaño Club Ínsula, donde justo unos vejetes y vejanconas realizan un recital. Sansón empuja a Sancho al escenario y le da la libretita de Pierre obligándole a leer: “Poesía no dice nada / poesía se está callada / escuchando su propia voz”. Es el texto con el que Pierre quiere rescribir la afamada novela tetra centenaria atribuida al Manco de Lepanto por equivocación. Y por equivocación colocan los laureles líricos a Sancho en Ínsula gracias a que acompañado de su fiel guitarra recitó aquel poema de Pierre Adán (¿alter ego del autor de este relato?). Y de allí, cómo no, rumbo a las ventas, para disfrutar con las cortesanas un buen yantar, del que bastante necesidad tiene nuestra embriagada gente. Y a danzar y a follar, a no ser que nuestro Alonso se le dé, como se le dio, por mandarse un furibundo discurso contra la burguesía y el capitalismo en pleno burdel. Mas la pragmática sapiencia de Sancho nos libra otra vez de entuertos, pues a la gorda le ha gustado el guatoncito y ella es nada menos que la mami del lugar. Y deja que Alonso entone eso de: “Para la noche buena / para la noche buena / de cada farol un cura / será colgado / será colgado. / Perdón si me he equivocado / perdón si me he equivocado / de cada farol diez curas / serán colgados / serán colgados”. Alguien arroja una sarta de cohetes y al alucinado le han dado una metralleta de plástico que lanza fuego mientras traquetea. Rampando por el suelo se desliza por toda la pista de baile y las putas aprovechan para cubrirlo con sus calzoncitos de colorinches. Abochornado por los frescos olores, quijotescamente se va quedando dormido mientras han sacado una frazada y los cafichos lanzan al aire el gordinflón cuerpo de Sancho. Entonces Pierre se desemboza del gabán verde olivo policial, hace sonar su pito y los gendarmes ingresan en mancha para cargar con los latosos rojimios. El bachillaer ha logrado sacar de su ensueño a Alonso, Sancho se ha liberado de los cafichos y la gorda mami los hace subir por una escalera de mano rumbo al techo, la cual levantan de inmediato y por las azoteas contiguas fugan de retorno a La Mancha. Antes de ingresar, unos pirañitas los pretenden atacar y huyendo entran por equivocación a La Catedral, bar contiguo de La Mancha. Ahí sigue sentado Zavalita, preguntándose : ¿En qué momento se jodió el Perú? No sabe que fue cuando su creador se lanzó para arreglar los entuertos nacionales, la vez que en la realidad lo derrotó el tramposo japonés. Ahí mismito se terminó de joder. Pero eso ya sucedería años después. Finalizaremos ingeniosamente con: “Tate quieto cacherito / que nadie levante el ala / porque este cuento a mi fe / no servirá para nada”. VALE.

compártelo Categorías: cuentos

De repente Felipillo nos dicen...

Autor: El Capibara

Empieza con simples sucesos a los que les damos la mínima importancia. Cuando nos percatamos ya es demasiado tarde; pero nunca es pronto para darse cuenta. Viene tras de nosotros como lo más inevitable. De repente te llenas de recuerdos y crees que los crepúsculos de antes eran menos amarillos, y subes con apuro a tu dormitorio pero al llegar olvidas para qué fuiste, “eso pasa”, te dices; sin embargo, no fue la primera vez. La memoria se independiza e imagina sucesos paralelos a la realidad: distracción lo llaman algunos.
A Felipe Revueltas se le olvidó, una tarde, dónde puso el control remoto de la televisión. Su madre encontró dicho aparato en la nevera del refrigerador y los hermanos de Felipe encontraron en tal hecho un poderoso motivo para burlarse. A los dos meses, a Felipe le diagnosticaron Alzheimer cuando lo internaron en la Clínica Italiana. Felipillo se había extraviado una semana y lo hallaron sentado con signos de anemia en el Parque de la Reserva entre lecturas de periódicos pasados.
De repente la ropa que usas ya no tiene la marca por afuera y los colores son más serios e íntegros: rojo, negro, azul, todos ellos sin degradación o sin combinaciones de tres colores a más. Y el día oscurece con una neblina densa que parece colarse por las venas hasta el hipotálamo porque un niño en la calle te preguntó la hora llamándote: “Señor”.
Solemos decir que todo tiempo pasado fue mejor, es porque la memoria desarrolla una capacidad especial para recordar sucesos agradables mediante una selección exhaustiva. Y de repente entre amigos hablamos sobre los mejores momentos de nuestra vida, como aceptando que ya no tendremos otros. Algunos bajan la cabeza y prenden un cigarro, otros terminan el trago de sus vasos, se tocan el rostro y miran hacia arriba, como si el pasado estuviese compuesto por un éter tan volátil que parece no haber existido.
Fue un día como todos. Llegamos a casa, nos estiramos en el sofá, encendemos el televisor y recordamos que es sábado por la noche: nadie nos llamó a salir. Ya no adivinas o calculas la hora con facilidad, ya no te parece tarde y preguntas con frecuencia por el día, el año, ¿Quién eres tú, por qué me persigues? En realidad es jueves por al tarde y las probabilidades de que te llamen silbando desde la calle se perdieron hace mucho tiempo.
Ya no tienes ropa de deporte porque el simple hecho de levantarte de la cama te causa dolores lumbares. Cuando a Pablo Picasso le decían que era demasiado viejo para hacer algo, lo procuraba hacer enseguida. Pero no somos Picasso y además nunca entendimos lo que hizo ese malagueño. Y ya nadie se atreve a decirte que te cortes el cabello o que te rasures esa barba descuidada. El ropero tiene un orden que no te explicas, hay más camisas que polos y más pantalones de sastre que blue jeans. La música de moda es un asco y de repente los bailes actuales son muy escandalosos; las canciones que te gustan ya no las ponen en las radios y en casa nadie te da la razón.
Sucede que sientes la saliva más amarga, el cabello más duro y las manos más lerdas. Entre tus cosas aparecen medicinas de denominación indescifrable y de tu bolsillo salen mariposas amarillas -según dijo la tía de Felipe que leyó cien veces “Cien años de soledad”-, pero en realidad son polillas que justifican el olor a naftalina mezclada con colonia de baño. Si fumas ya no piensas en si tendrás cáncer o que sufrirás insomnio si tomas café cargado con Coca Cola. Sueles dormirte en la sala de espera. Sientes demasiado frío o calor o, en fin, ya no sientes nada de eso y subes al edificio más alto para sentir el vértigo que no hallas en las acciones cotidianas.
Ya no bajas las escaleras de dos en dos, doblas las rodillas para recoger algo y temes tronarte los dedos o el cuello porque las articulaciones parecen quebrarse. Y sin darte cuenta tu DNI tiene más de ocho hologramas y puedes afirmar que los últimos presidentes han sido una mierda. Piensas con más frecuencia en el suicidio y la eutanasia pasa a ser un tema más en las conversaciones de la familia que calla cuando pasas por la sala, donde todos se reúnen, menos tú que andas buscando un sombrero que se te dio por usarlo.
“Somos tan jóvenes como nos sentimos”, dice un idiota en la televisión para vender un instrumento de gimnasio (Somos tan viejos como lo estamos, como a veces no lo sentimos, pero lo estamos). Estás frente al espejo, te ves por media hora, una hora y con las palmas estiras hacia atrás el rostro que parece despegarse de los huesos. Ya sabes lo que tendrás que hacer determinado día a determinada hora porque alguien te lo dejó pegado en la puerta del refrigerador, como a Felipe Revueltas que sigue olvidando el control remoto en la nevera y quiere cambiar de canal con un pedazo de pastel de chocolate.
Hace mucho que para celebrar el día de la madre ibas a despertarla con un beso en la frente. Ella vive lejos -ya no vive-, te reúnes con tus hermanos que tienen prisa, todos ya formaron una familia y el apellido paterno se ha extendido por todo el territorio. Empiezas a tratar de usted a todos tus frecuentados, los nombres de tus conocidos empiezan a repetirse: conoces a diez de nombre María, ocho de Juan, trece de Carlos, siete de Pedro y otros nombres que ya no recuerdas sino cuando alguien en la calle ilumina su rostro porque te vio, te llamó por un apodo que no recordabas y se lanzó a darte un abrazo que no sentías hace mucho tiempo. Tú desataste una sonrisa que tenías amarrada en el subconsciente.
De repente empiezan a cederte el asiento en los micros, a sentarte a la cabeza de la mesa y piden tu opinión sobre algunos asuntos de la casa o sobre cosas que dejaron de importarte. En Navidad te visten de Papá Noel y los niños prefieren jugar contigo porque tienes todo el tiempo para jugar Monopolio hasta terminar en la cárcel por deudas y estafas. Y todos quieren tomarse una foto a tu lado como si fuese la última oportunidad, pero tú ya empiezas a odiar que te enfoquen con las cámaras, te sientes un objeto de museo y luego quieres que nadie te vea, no quieres salir, no quieres ver a nadie, y los niños ya no quieren jugar contigo porque temen a que los estrangules. En la esquina empiezan a crear mitos sobre ti, como a Felipe Revueltas, de quien se dicen que tuvo Alzheimer a los veinte años y ahora lo cuidan como si fuese mongolito.
Ya no vas a tonos, piyamadas o fogatas, sino a bautizos, confirmaciones y matrimonios; ayer al entierro de un amigo, el único que te llamaba en cada cumpleaños. Y cuando caminas por los parques piensas en que debiste tener hijos, o en que no debiste tenerlos; mejor escribir un libro, quizás hubiese vivido de eso; tal vez hubiese mandado al mismo demonio a todos mis profesores de la universidad, tal vez hubiese fomentado una revolución que cambie este país o tal vez me hubiese dedicado a la música, obviando el deseo de mis padres que sólo buscaron mi estabilidad económica y vivir cantando por el mundo sin un solo centavo en el bolsillo. No sé. Pero si te das cuenta, quien te acompaña a los parques es una enfermera joven de rostro amable que trata como a niño de veinte años que se muere por regresar a casa para ver televisión. “Felipillo”, te dice.

compártelo Categorías: cuentos

El intento de Rimbaud

Autor: Luis Eduardo Reyme

Quizá si las bases del concurso no hubieran llegado a mis manos no estaría tan nervioso por la historia que acabo de dejar, pero qué podía hacer si Egeo fue a buscarme a la cafetería de la universidad y me puso las bases del concurso en la cara. He de confesar que luego de verlas no pude dejar de sentir en el fondo cierta emoción de tan sólo pensar que mi historia podía quedar entre las finalistas, y que mi nombre podía dejar de ser algo más que Rimbaud.
―¿Viste quién es el jurado ya?―preguntó Egeo con complicidad.

*
―La historia que envié se llama “TKG”. Es una historia donde la diégesis está centrada en el discurso de dos tipos punk, esta ficción tiene intertextualidad inmediata con el libro del argentino que escribía sus cuentos pensando en cine, me refiero a Puig como bien sabes, ¿el libro? “El beso de la mujer araña” allí, el personaje de nombre Molina establece una relación particular con Valentín, patrón cuya conducta dista de…
―¿Dos punks maricones?― intervino Egeo con extrañeza―. Ya pues Rimbaud eso no es verosímil, yo he leído el libro y sé a lo que te refieres, no puedo creer que hayas repetido una trama para un concurso en donde precisamente tu técnica no será la premiada sino tu ingenio, cosa que como bien sabes no es consecuente una de la otra, ¿cierto? Porque tienes eso bastante claro ¿no? o es que acaso…
―Espera, no he acabado de contarte la historia.
―Pero es fácil de inferir, los dos tipos están situados en un espacio común, a uno de ellos le habrás puesto un nombre tan “rudo” como Káiser, y al otro le habrás dado un nombre que oscile entre lo “rudo” y lo amanerado como…. como…. ¡Silver!

*
La pregunta me tomó por sorpresa:
―No―respondí, y continué leyendo el punto nº 3 de las bases que me resultaba extraño.
―Pues el jurado es si no me equivoco... Egeo extrajo de entre sus papeles una libreta negra al parecer elaborada por él mismo Mirko, Mario y la mamacita de Rocío Silva.
―¡¿Rocío?!―alcé el rostro y pregunté excitado. La había visto muchas veces por los pasillos de San Marcos y como es de esperar muchas veces fracasé en el intento de acercármela para conversar, en fin ¿qué puedo hacer yo para poder detenerte?...
―Sí Rimbaud, ya me creí eso que no has visto quien es el jurado― Egeo pronunció aquellas palabras con sorna; aunque le hubiera repetido miles de veces lo
contrario, no me hubiera creído. Sentado en las sillas de la cafetería, nos miramos por un instante. El inmenso salón estaba empezando a atiborrarse de estudiantes famélicos, entonces Egeo preguntó:
―¿De qué trata tu historia Rimbaud? Vamos ¡cuenta!
―La historia se llama…

*
“Un escritor no tiene estilo personal, escribe en todos los estilos y trabaja todos los registros y tonos de la lengua” Manuel Puig. Al parecer esa frase era una frase que Egeo no la tenía tan presente que digamos, (Casi siempre se empieza a comprender a los creadores cuando estos han alcanzado cierto nombre o mención, antes de ello, estas mismas personas son simples, trilladas y aburridas, es cuando alcanzan un logro que pasan al otro bando y se convierten en ingeniosas, magníficas e interesantísimas) Reflexión personal.
Egeo, literalmente destrozó mi cuento. Dijo que era tan malo que ni siquiera podía compararse a la historia de Puig. La mía afirmó, era sólo una historia de maricones anarquistas, situados no en una cárcel Bonaerense sino en los pasillos de algún Bar del Centro de Lima que él infirió muy bien por las descripciones que mi narrador omnisciente volcó sobre el papel. ¿Eso era un logro dentro del cuento o, como decimos los jóvenes escritores, una ¡súper quemada!? Entonces me entró la curiosidad, cómo Egeo conocía el Bar de mi cuento, a lo mejor conocía el lugar porque había ido alguna vez o porque algún amigo le había hablado acerca del mismo, pero de todos modos cómo podía tildar mi historia de inverosímil, acaso aquellos personajes vestidos de negro con argollas suspendidas en orejas y narices ¿eran una muestra de una época sexualmente particular? Para Egeo ―por lo dicho―, las opciones sexuales se restringían como en el caso de los muñecos a una marca grabada en nuestra espalda. Entonces, siguiendo su lógica, los Punk tenían en la espalda un Made in the World man o un Made in the World Girl. Nada más.

*
Mientras caminaba por el Jirón de la Unión sabía que “TKG” no iba a ganar el concurso, así que descarté todas esas ideas que sólo aparecen cuando estás en carrera de algo, pero mientras avanzaba por tiendas luminosas y pollerías aromáticas una idea se instaló en mi cabeza, Egeo estaba allí, esta vez mi historia no sería una historia de 1000 palabras sino una historia relativamente larga en la cual podía explayar a mis personajes y cruzarlos por esas casualidades que en ficción son tan placenteras. Cuando estuve por cruzar Emancipación obtuve mi primer nudo a desenredar en la futura novela. Egeo dentro de la ficción sería un punk que se enamorará de Boris, un fanático de la música de Deep Purple. Un Molina y un Valentín.
Cuando llegué a la universidad Egeo me estaba esperando sentado en las bancas con unas hojas sobre la mesa.
― ¿Y, dejaste el cuento? ―dijo a modo de saludo.
La pregunta me dejó suspendido por unos segundos.
―No, los concursos no son para mí ―mentí―, además ¿en dónde has visto una idea de novela premiada?― Señalé a modo de broma.
―Bueno ―dijo Egeo― yo… te estaba esperando porque quería regalarte el cuento que envié al concurso. Tomé tu nombre, espero que no te molestes, se llama… “El intento de Rimbaud”. Trata acerca de…

En la combi, durante el trayecto a casa no me quedó otra más que pensar en la posible novela, las piernas de Rocío, en fin… te espero como espero al mediodía…
Rimbaud dibujado por Verlaine

compártelo Categorías: cuentos